Pensamientos (¿intrusivos?)
I.
Cuando tomo aviones pienso más en la muerte. No es que no piense en la muerte cuando estoy apoyando los pies sobre la tierra, pero hay algo de estar en el cielo que me evoca muchos pensamientos intrusivos.
Pensamientos, pensaba anoche, cuando tampoco podía dormir, que parecen ser igual de externos a mi que cualquier olor en la calle, que cualquier sonido que oiga. Que parecen ser pensamientos, como dicen hoy en día, intrusivos. Y me pregunto: ¿qué implica eso para la noción del yo? ¿para el debate de la libertad de la voluntad, como lo llaman los gringos? Me pierdo en estas preguntas mientras me quedo dormida y pierdo, de repente, la línea de mi razonamiento. Y entonces siento, como siento muy seguido, que a mi cerebro le cuesta muchas veces desarrollar líneas de pensamiento muy organizadas y coherentes. Pienso que tal vez por eso una fórmula o definición filosófica o matemática de más de ciertas variantes parece no caber en mi cabeza, literalmente. Me pregunto si tiene que ver con otra obsesión que siempre he tenido: no consigo imaginar caras cuando quiero visualizarlas claramente. Y no es que se me olvide la cara de la gente, pero no logro dibujarla en mi cabeza. De hecho, la mía tampoco, y por eso a veces vuelvo, de manera obsesiva a ver miles de fotos mias, o a mirarme al espejo, simplemente porque siento que he olvidado como me veo. Vuelvo, después de esa divagación, inevitable para mi mente, a imponerme disciplina: digo, mentalmente, (o hago algo parecido al decir): “Elena, acaba el pensamiento sobre los pensamientos intrusivos, lleva el razonamiento un poco más lejos, si tal vez no al final, ibas por buen camino”.
II.
Vuelvo a concentrarme un poco: pensamientos intrusivos. Definitivamente no quisiera tenerlos. Eso es una prueba obvia de una verdad: no están bajo el control de mi libre voluntad. Y entonces? ¿Dónde están? ¿De dónde vienen? Tal vez siempre han estado ahí, desde una primera vez que aparecieron, y solo he aprendido a bloquearlos. Siempre distrayéndome. Me pregunto si bloquear es algo malo, si más bien se podrían eliminar. No lo creo, creo que hay pensamientos que todos tenemos, que son inevitables, que vienen casi grabados en nuestro ADN. Entre ellos el pensamiento “le temo a la muerte”. Si, supongo que hay maneras de torcerlo, reformularlo, cortarlo o aplastarlo. Decorarlo, colorearlo, o disfrazarlo hasta no reconocerlo. Pero algo me hace dudar de que podamos eliminarlo. También supongo, que algunos se han acostumbrado a que venga seguido, pero yo no. Y la única libertad que ejerzo sobre ese pensamiento y demás proposiciones de la misma clase, es empujarlas, silenciarlas, maquillarlas, encerrarlas. Huir de ellas como quien corre de algo que le da más miedo que lo que sea que le desató el pensamiento. Que estupidez tal vez. Tener más miedo al pensamiento que a lo que está pasando. Querer pensar, por ejemplo: todo va a estar bien, en una situación peligrosa, que pensar: en todo caso algún día moriré, en una situación cualquiera.
Concluyo por ahora, entre tantas dispersiones, el tren de pensamientos que tuve anoche (un tren con ramas, si me permito): la existencia de estos pensamientos prueba 1. Un difícil acceso fenomenológico a la claridad de la línea entre lo externo y lo interno en la mente 2. La verdad de las teorías que saben que la mente es ajena a sí misma, y que la voluntad es una entidad. 3. Que dormir poco, tomar trago y tomar café, siempre me traen mas de esos pensamientos que me molestan, me disgustan, me pican, me atemorizan.
III.
Esas conclusiones son sobre la discusión mental, el intento de pensar, de anoche. Vuelvo ahora, a otro nivel, lo que he pensado hoy. O lo que estoy pensando, para ser precisa. Estoy pensando en los pensamientos sobre la muerte en los aviones. En que pueden tener muchas explicaciones: puede que sea porque en general estoy cansada y ansiosa cuando tomo aviones. O porque me dan miedo los aviones. O porque de repente tengo un poco de tiempo libre, porque cuando me transporto el tiempo empieza a expandirse, las horas se vuelven más largas, me alcanza más el tiempo. Y por ende, como tengo más tiempo libre, más pensamientos pueden ocupar espacio en mi mente. O sino, podría ser por otra razón que también parece obvia: los aviones vuelan. Están en el cielo. Y cuando era chiquita me decían que los muertos se iban al cielo. Entonces cuando cogía un avión, los saludaba desde la ventana. En fin. Seguro todas estas explicaciones son verdad, porque casi siempre hay multiplicidad explicativa, y negarlo me parecería anti realista. Me digo: la filosofía de la ciencia es linda, pero hay muchos que no la aprecian.
Explicado eso, pues explicarme lo que me disgusta me tranquiliza siempre: dolor de cabeza? Seguro fue eso o eso. ¿Gripa? Esto y lo otro. ¿Pensamientos intrusivos en el avión? Ahí tiene su explicación.
IV.
Entonces, explicado eso, quería expresar otro pensamiento al que me llevó: uno sobre el privilegio. Se habla mucho del privilegio. Obviamente es una realidad, el privilegio. Obviamente creo en la realidad del privilegio porque lo conozco demasiado bien. Y sin embargo, hay muchas cosas que lo retan.
Siempre he pensado que para mi el mayor privilegio es una vida sin demasiado sufrimiento humano. Y bueno, incluso eso algunos podrían relativizarlo, diciendo que el sufrimiento puede traer cosas buenas. Pero para mi eso es doblar el pensamiento, es maquillar en algo que creo es una verdad: que el sufrimiento es malo. Que no nos gusta. Que puede ser horrible, aterrador, etc. Que hemos inventado mil palabras y formas de arte para expresar esa verdad: no queremos sufrir tanto. Tal vez no soy clara, pero porque creo que estoy explicando algo obvio, para la mala fe de los tercos. Pero bueno, volviendo al privilegio: si el privilegio es no tener tanto sufrimiento, supongo que siempre tiene sentido asociarlo al poder y al dinero. Si queremos poder y dinero, en muchos casos, es para protegernos, para hacernos inmortales, para poder pagar hospitales, funerales. Para tener vidas en las que pensamos poder evitar lo más posible el sufrimiento. No todos hacen esto, claramente, pero creo que por eso se habla de privilegio. Y sin embargo, hay tantas cosas que no se pueden comprar, de las que ni ser hombres, ni ricos, ni blancos nos protegen, y me parece por alguna razón un pensamiento interesante, el de que no haya un privilegio absoluto si la variable que se tiene en cuenta es, por ejemplo, la inescapabilidad de la muerte. Para todos.
V.
Bueno, y un último pensamiento. Otro meta pensamiento: ¿ quiénes somos los que escribimos? O ¿por qué escribimos los que escribimos? O tal vez ¿por qué escriben quienes escriben? No lo sé bien. Pero hay algo muy extraño de escribir. Obviamente, tiene que ver con el tiempo y la educación: escriben los letrados, escriben quienes pueden permitirse un poco de tiempo de ocio. ¿Pero que hacen las palabras escritas? Que igual son perenes? Menos perenes que las orales, lo sabemos, pero perenes igual.
Los que escribimos somos tal vez los miedosos. Los obsesivos. Los que no aguantamos el caos que se desenvuelve frente a nuestros ojos. Sabemos, que en todo caso, lo que escribamos puede terminar igual de desordenado y esparcido que lo que dijimos una vez en una charla de café . Sabemos, que no sabemos quién nos lea como no sabemos quién nos oye hablar al teléfono cuando vamos en el metro. Y sin embargo, la escritura nos da este sentimiento de haber ordenado el cuarto, tomado una foto, o pintado un paisaje. Algo queda transformado, grabado, y por ende sobrevive. Oí en una película hace poco, que la fotografía era un arte bajo. Porque pretendía capturar algo que era siempre falso, porque tenía ese impetu de inmortalidad que en realidad es muerte. O algo así. Y sí, creo que es algo cierto. Pero, se puede decir lo mismo de la escritura, de la pintura, o de cualquier arte. Creo. O aquí me trajo mi razonamiento por ahora. Mi paseo mental.
Otra cosa: escriben, muchos, para inventarse mundos. Yo creo que algún día quise hacer eso… Pero me encuentro de nuevo en la comodidad de mis diarios, ensayos, en primera persona, en este desorden, en este estilo, que no ha cambiado tanto, en este ritmo, que me gusta, que me recuerda, si, a Andrés Caicedo, a la salsa, o quizás sea yo la única que escribe esto al ritmo de la salsa, pero quizás el que lo lea, lo lea con otro ritmo.
Para acabar y los dejo tranquilos, a quienes hayan tenido el deseo y la paciencia de leer esto: igual si usted lee esto, quizás es porque ya es una persona que escribe, y todos los que escriben saben, o sabemos, que en alguna medida, escribimos porque nos toca, porque algo nos lo dicta, porque es incontrolable y adictivo. Y algunos escriben más, otros menos, unos escriben como adictos fumadores, otros como consuimidores ocasionales: como yo, que soy consumidora recreacional y ocasional de la escritura, como quien se tomara cerveza de vez en cuando, cuando tocara.
Y ya, hasta acá llegó el paseo al que me acompañaron, cuando se sale a pasear se llega siempre algún día a la puerta de la casa, sin importar las vueltas que se haya dado, y se está un poco contento de haber llegado.

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