Farnese y la magia

Farnese y la magia: 

De la serie de cuentos de cosas que en serio me han pasado (como la casa embrujada, o el café mágico de las flaneuses) pero que parecen surreales, porque la realidad supera la ficción, diría mi mamá. 

¿Cómo escribir sobre la magia? Si la magia es algo que se vive, que se siente. Es difícil de describir. Cualquier evento mágico, cuando se transcribe, corre el riesgo de dejar de ser mágico. Aunque a veces puede sentirse aún más mágico cuando se lee. Les voy a contar un cuento sobre la magia de Farnese, sin saber si la magia quedará capturada o no… 


¿Cuáles fueron las condiciones para la magia? 

Una pócima. Mezclamos en una olla grande, a fuego lento, 


TONELADAS de amor 

Cansancio y adrenalina 

Una botella de vino

Una comida deliciosa

Unas cervezas compradas en el bar de la esquina

Ejercicios de escucha profunda 

Luna casi llena

Mucho viento 

Una vista increíble

Coqueteo

UN KILO de risa embotellada 

Chiquitolina

Un tris de miedo

Historias dementes 

Caldo verborreico 


Nos tomamos todo eso (Lucas, Rafa, Indira y yo), y salimos a caminar por Farnese. Un pueblito italiano en el que, según Lucas, no viven jóvenes, o bueno, sólo viven tres jóvenes, porque a la cuarta la echaron arbitrariamente las autoridades locales, es decir, la sheriff. Farnese, un pueblito italiano en el que llueve, hay neblina, en el que las casas grises están estancadas en el tiempo y no se sabe bien si se está en la edad media o en el renacimiento. Un pueblito con UNA panadería, DOS bares, UN restaurante, DOS mercaditos locales. En el que todo el mundo se conoce, y todo el mundo se saluda, pero nunca se sabe si uno le cae bien a sus habitantes. Un pueblo al que habían ido muy pocos colombianos antes que nosotros. Cuentan que en Farnese hay leyendas de “Brigantes” en el bosque, pero también podría perfectamente llegar la patasola, si pudiera montar en avión o en barco. Salimos a caminar entonces por ese pueblo, a las 12 de la noche. Cogimos una calle que Lucas nunca había cogido y nos encontramos con callecitas cada vez más pequeñas, sin tener idea de dónde estábamos, pero sabiendo que en 5 minutos volveríamos a la plaza desde cualquier lugar. O tal vez no, le dije a Lucas. Tal vez la ciudad se expandía si uno caminaba en una cierta dirección, impidiéndonos llegar al centro pero también salir de ella, como un espiral en constante movimiento. De hecho, en el libro “Ciudades Invisibles” de Italo Calvino, hay una ciudad así. Hablábamos de eso con Lucas, cuando de repente Indira vio un pozo con un vidrio encima, un hueco al centro de la tierra, pero lleno de plantas verdes. Nos quedamos mirándolo un buen rato, anonadados, o hechizados, quizás, por tanta belleza. Y fue allí que decidimos escuchar. Escuchar el aparente silencio, de un pueblo que parecía vacío, pero que en realidad tiene un habitante muy ruidoso: el viento. Bueno, y algunos perros que ladraban, que quizás le ladraban a los espíritus, diría mi papá, y yo me moriría del susto. 


Después de ese silencio, o más bien, de esa escucha, entramos en un estado de alteración de conciencia aún mayor del que ya estábamos. Nos preguntamos cómo era posible tal estado si no habíamos consumido “ni weed, ni MD, ni Pepa (La señora Pepa), ni LSD”, como olvidándonos de que habíamos preparado una poción extremadamente más poderosa y con efectos más fuertes que varias de esas drogas juntas. Seguimos caminando, un poco atontados por el cambio de paisaje que causó el haberle dado importancia al sonido, pero en nada ya estábamos muertos de la risa de nuevo. Y fue ahí que empecé a sospechar que no sólo estábamos drogados y alucinando, sino que el pueblo en sí, tal vez era mágico. Empecé a encontrar puertas muy pequeñas. Me acordé de Alicia en el país de las maravillas, y me dije ¡Ajá! ¡Alicia no estaba loca! ¡Acá están sus puertas! Ahí entendí también la existencia del pozo, seguramente era el pozo de Alicia, para entrar a otro mundo. Lo que no pude encontrar, fue la chiquitolina. Sin embargo, al lado de una de esas puertas, sí había algo escondido. Llegamos a un muro del pueblo, un muro que da a un precipicio, y nos sentamos allí a ver la luna y a escuchar el viento. Entonces me quise prender un cigarrillo, uno de la caja que habíamos comprado gracias al señor del bar, que nos tomó fotos para el recuerdo de los colombianos que sabían abrir cervezas como berlineses. Habíamos comprado la caja gracias a ese señor, puesto que para pagar cigarrillos en la máquina dispensadora, se necesitaba una identificación italiana. Y sin conocernos, el señor del bar (que estaba churro y todo, pa qué), nos prestó su identificación. 


En fin, el caso es que queríamos prender un cigarrillo. Pero no teníamos fuego. Entonces Lucas, que además de actor es mago, me ofreció mostrarme un truco. Me dijo que lo siguiera, y yo me dejé llevar, un poco nerviosa pero emocionada. Llegamos frente a una puerta, y gracias a un hechizo de Lucas pudimos entrar a lo que era un taller de nigromancia. Un lugar mágico, y aterrador. Un lugar que olía a gas y las ventanas estaban cerradas, es decir, una casa en la que bien podría morir quien se atreva a prender fuego o a quedarse mucho tiempo. En ese taller había montones de esculturas y marionetas. Muñecas de todo tipo, unas más amenazantes que otras. Estufas, materiales, y un reloj. Estancado a las 3 de la mañana, hora, dicen, del diablo. Y en ese taller también, de la nada, apareció una mesa. Y en la mesa, cuando la iluminamos; un briquet. Nunca sabré si Lucas había planeado todo, como buen mago que no revela sus trucos pero que construye las ilusiones necesarias para que parezca magia, o si en realidad la magia no vino de Lucas sino que se dio exteriormente cuando yo expresé que lo único que nos faltaba era fuego… 





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